Ultimamente no tengo tiempo ni para escribir este blog. Y no es que la pereza me pueda y haya decidido abandonarlo, no. Me prometí que este blog duraría un tiempo razonable y en ello estoy (lo cual no significa que un día se extinga de la misma manera en la que surgió: en silencio, sin armar escándalo).
Lo que ocurre es que llevo una semana saliendo de casa a las 7.30 de la mañana y regresando sobre las 8.30-9 de la noche. Trece horas me paso pegada al ordenador, y francamente cuando llego a casa no me apetece ponerme delante de la pantallita. Lo cual significa además una acumulación importante de mensajes en mi correo electrónico, pero eso es lo de menos.
No tengo tiempo para ir a la piscina, para ver la tele, para pintar mi piso (mi hermano Paquito se lo está chupando todo). No tengo tiempo de nada de nada. Me paso el día currando. Mi compañera de las mañanas se ha dado de baja por maternidad antes de lo previsto y nos ha pillado a todos un poco en bragas. Yo me había ofrecido a hacer su baja, pero una cosa son 18-21 semaanas, que era lo previsto, y otra cosa las 25-26 aproximadas que se va a estar en su hogar (y que conste que 18 semanas ya es un palizón). Al final van a busvcar a alguien que la supla, pero mientras tanto ahi estoy yo, trece horas cogiendo telefono, pasando llamadas, picando datos, atendiendo a los compañeros, etc, etc. Como de momento sólo he hecho una semana a tiempo completo no estoy muy cansada ni fisica ni psicologicamente, pero recordando mis epocas de estudiante, cuando tenía una beca por las mañanas y la facul por las tardes, a los dos meses estaba jarta de no ver a mis padres, hermanos, no comer en casa y no tener tiempo para estudiar. Y ahora más o menos igual. Y todo por la maldita hipoteca. ¡Qué asco de piso, pienso a veces! Debido a mi exiguo sueldo se que los apuros economicos presidirán mi vida. Ahora tengo algo de dinero ahorrado y vivo con mis padres que cubren mis gastos básicos. Pero se que dentro de un tiempo, no mucho, eso se acabará y no llegaré a fin de mes. En fin. Entonces no me quedará otra que ponerme a trabajar en otro sitio. Y el cansancio no será una disculpa. Tantos esfuerzos... tan vanos... ¡ay vida perra! ¿Por qué no habré sido capaz de colocarme en un medio de comunicación? ¿por qué no he sido capaz de ganarme la vida como periodista o como escritora? Bueno, se las respuestas, pero no me apetece hoy hundirme en la miseria. Tiempo tendré.
sábado, 20 de septiembre de 2008
martes, 9 de septiembre de 2008
Esclava de mi cuerpo
Personalmente creo que hoy en día, en la era de la libertad, somos más esclavos que nunca. La hipoteca, el coche, el deseo de tener más, el dinero, el trabajo... todos son pequeños grandes lastres que nos hacen llevar la vida que no queremos (aunque creemos que si). Un compañero de trabajo me ha contado varias veces su teoria de la felicidad.
- Los de la selva amazonica si que viven felices - afirma mi colega- Sólo dedican tres horas a conseguir su alimento y el resto del día lo pueden dedicar a lo que quieran. Nosotros por el contrario tenemos que dedicarnos ocho horas al trabajo, que es la mamera de lograr el sustento
Podría iniciar un discurso anti sistema. incidiendo en la perversión del capitalismo en el que vivimos sumergidos. Pero eso lo dejaré para otro día. Aparte de todas las esclavitudes que he citado hay una más que a mi por lo menos me pesa mucho: Soy esclava de mi cuerpo.
Indepedientemente de la concupiscencia propia de una adulta joven y sana como yo, mi carne mortal me resta horas al día a mi y a mis aficiones, y sólo para mantenerse en línea. Me explico: desde que descubrí que el ejercicio físico me otorgaba un cuerpo más delgado y un mejor tono muscular (aparte de una recuperación más rápida de los latidos de mi corazón cuando me echaba una carrera para pillar el autobus), me veo obligada a hacer deporte todos los días. Y si no todos, casi todos. Natación, bici estática, andar... (y ya he dejado de correr y hacer tabla de gimnasia casera que me solía provocar más contracturas de las que ya tengo). Eso y comer sano con tal de mantenerme por debajo de los 50 kilos. Y no digo que lo haga por obligación, pues me gusta nadar (me relaja mucho), asi como ver una peli mientras sudo con la bici. Me hace sentirme mejor física y psiquicamente conmigo misma. Lo que me molesta es que para mantenerme en peso tengo que hacer eso todos los días. ¡¡Yo quiero ser una modelo de esas que dicen que comen de todo y parecen silfides!!
Ya se que la base de partida mia está mal. Me siento mejor con un cuerpo mejor. Miguel se mete mucho conmigo por eso. Dice que estoy obsesionada con el deporte y la comida para mantenerme en forma, cuando lo importante es que tu autoestima no debería depender de tu apariencia física. Y tiene razón. Pero yo suelo contraatacarle: ¿qué hay de malo en intentar sentirse mejor, aunque sea mejorando fisicamente? ¿Qué hay de malo en tener habitos sanos que te proporcionan no solo mejor estética, sino mejor calidad de vida? Ami en el fondo me gustaría no tener que hacer ejercicio y comer chocolate a todas hora, e inflarme de solomillo a la pimienta. Pero no puedo hacerlo. Mi afán por controlar mi peso no llega a la obsesión pero admito que tiene algo de preocupante y es que refleja mi dificultad para aceptar el paso del tiempo. Admito que lo que más me enorgullece es que mientras la mayoría de mis amigas ha empeorado fisicamente, yo por el contrario he mejorado mucho y tengo mejor aspecto físico ahora que con quince años. Y mientras ellas pensan diez kilos más que en nuestra adolescencia, yo peso unos ocho kilos menos.
No obstante tampoco creo que si tuviera dinero sería una adicta a las operaciones de cirugia estética (ufff, la de cosas que me arreglaría). Por mucho que me operara y que hiciera ejercicio, no podría tener el cuerpo de Blanka Vlasic (aunque me conformaría con 1,72 y no con su 1,92)
- Los de la selva amazonica si que viven felices - afirma mi colega- Sólo dedican tres horas a conseguir su alimento y el resto del día lo pueden dedicar a lo que quieran. Nosotros por el contrario tenemos que dedicarnos ocho horas al trabajo, que es la mamera de lograr el sustento
Podría iniciar un discurso anti sistema. incidiendo en la perversión del capitalismo en el que vivimos sumergidos. Pero eso lo dejaré para otro día. Aparte de todas las esclavitudes que he citado hay una más que a mi por lo menos me pesa mucho: Soy esclava de mi cuerpo.
Indepedientemente de la concupiscencia propia de una adulta joven y sana como yo, mi carne mortal me resta horas al día a mi y a mis aficiones, y sólo para mantenerse en línea. Me explico: desde que descubrí que el ejercicio físico me otorgaba un cuerpo más delgado y un mejor tono muscular (aparte de una recuperación más rápida de los latidos de mi corazón cuando me echaba una carrera para pillar el autobus), me veo obligada a hacer deporte todos los días. Y si no todos, casi todos. Natación, bici estática, andar... (y ya he dejado de correr y hacer tabla de gimnasia casera que me solía provocar más contracturas de las que ya tengo). Eso y comer sano con tal de mantenerme por debajo de los 50 kilos. Y no digo que lo haga por obligación, pues me gusta nadar (me relaja mucho), asi como ver una peli mientras sudo con la bici. Me hace sentirme mejor física y psiquicamente conmigo misma. Lo que me molesta es que para mantenerme en peso tengo que hacer eso todos los días. ¡¡Yo quiero ser una modelo de esas que dicen que comen de todo y parecen silfides!!
Ya se que la base de partida mia está mal. Me siento mejor con un cuerpo mejor. Miguel se mete mucho conmigo por eso. Dice que estoy obsesionada con el deporte y la comida para mantenerme en forma, cuando lo importante es que tu autoestima no debería depender de tu apariencia física. Y tiene razón. Pero yo suelo contraatacarle: ¿qué hay de malo en intentar sentirse mejor, aunque sea mejorando fisicamente? ¿Qué hay de malo en tener habitos sanos que te proporcionan no solo mejor estética, sino mejor calidad de vida? Ami en el fondo me gustaría no tener que hacer ejercicio y comer chocolate a todas hora, e inflarme de solomillo a la pimienta. Pero no puedo hacerlo. Mi afán por controlar mi peso no llega a la obsesión pero admito que tiene algo de preocupante y es que refleja mi dificultad para aceptar el paso del tiempo. Admito que lo que más me enorgullece es que mientras la mayoría de mis amigas ha empeorado fisicamente, yo por el contrario he mejorado mucho y tengo mejor aspecto físico ahora que con quince años. Y mientras ellas pensan diez kilos más que en nuestra adolescencia, yo peso unos ocho kilos menos.
No obstante tampoco creo que si tuviera dinero sería una adicta a las operaciones de cirugia estética (ufff, la de cosas que me arreglaría). Por mucho que me operara y que hiciera ejercicio, no podría tener el cuerpo de Blanka Vlasic (aunque me conformaría con 1,72 y no con su 1,92)
sábado, 6 de septiembre de 2008
La importancia de saber hacer chapuzas en casa
Ahora que soy una adulta con hipoteca y co-propietaria con Caja Madrid de un piso, me doy cuenta de lo ignorante que soy en cuanto a chapuzas caseras se refiere. El otro día pensé en taladrar un azulejo para colgar el reloj de pared que me regaló mi prima Cristina. Pero mi intento no llegó muy lejos: no supe colocar la broca en la Black´n´decker. Toda una frustración.
Pero eso no es todo. Mi madre fue la que me completó con yeso un esquinazo que me habían raído los de la obra (y menos mal que es un piso nuevo...) y mi hermano Paquito me está pintando el piso (y todo el trabajo previo que conlleva: tapar con aquaplas las grietas, limar las paredes, aplicar la pintura...). Yo sólo me he atrevido a pintar un techo y una pared, y aunque no me han quedado tan bien como a mi hermano el resultado es aceptable. ¡Ah! también conecté el cable del espejo del baño de la habitación principal yo solita. Ese día si me que sentí orgullosa.
Pero en general no tengo ni idea de temas de electricidad, albañileria o calefacción. Mi hermano ha sido el encargado de colocarme los downlight en los baños y lo cierto es que cuando se me fundan las bombillas de los focos estos (espero que dentro de algunos años) no se como demonios las voy a cambiar. Y no hablemos de otros asuntos como mirar la presión de la caldera, vaciar los radiadores, etc, etc.
Creo que me voy a informar sobre el curso que dan en la delegación de Juventud sobre temas de casa. Aunque lo fácil sería buscarse un chorbo especialista en chapuzas que me hiciera estos temas (aunque Juan Carlos se ha ofrecido en muchas ocasiones, me da vergüenza recurrir a él pues siento que me aprovecho de él cuando le pido estos favores). No, no. Soy una mujer autónoma, independiente, moderna, que no necesita hombres para hacer las chapuzas en casa (sólo a sus hermanos, porque mi padre es peor que yo...). ¡¡¡Dios!!! Como me gustaría saber hacer todas estas cosas y superar mi trauma de inútil en lo que a trabajos manuales se refiere
Pero eso no es todo. Mi madre fue la que me completó con yeso un esquinazo que me habían raído los de la obra (y menos mal que es un piso nuevo...) y mi hermano Paquito me está pintando el piso (y todo el trabajo previo que conlleva: tapar con aquaplas las grietas, limar las paredes, aplicar la pintura...). Yo sólo me he atrevido a pintar un techo y una pared, y aunque no me han quedado tan bien como a mi hermano el resultado es aceptable. ¡Ah! también conecté el cable del espejo del baño de la habitación principal yo solita. Ese día si me que sentí orgullosa.
Pero en general no tengo ni idea de temas de electricidad, albañileria o calefacción. Mi hermano ha sido el encargado de colocarme los downlight en los baños y lo cierto es que cuando se me fundan las bombillas de los focos estos (espero que dentro de algunos años) no se como demonios las voy a cambiar. Y no hablemos de otros asuntos como mirar la presión de la caldera, vaciar los radiadores, etc, etc.
Creo que me voy a informar sobre el curso que dan en la delegación de Juventud sobre temas de casa. Aunque lo fácil sería buscarse un chorbo especialista en chapuzas que me hiciera estos temas (aunque Juan Carlos se ha ofrecido en muchas ocasiones, me da vergüenza recurrir a él pues siento que me aprovecho de él cuando le pido estos favores). No, no. Soy una mujer autónoma, independiente, moderna, que no necesita hombres para hacer las chapuzas en casa (sólo a sus hermanos, porque mi padre es peor que yo...). ¡¡¡Dios!!! Como me gustaría saber hacer todas estas cosas y superar mi trauma de inútil en lo que a trabajos manuales se refiere
martes, 2 de septiembre de 2008
Traumas familiares
Todos tenemos nuestros pequeños traumas infantiles. En mi caso son dos: no haber tenido una bicicleta ni un caballete para pintar. Con respecto a lo de la bici mis padres decían que mi calle era peligrosa (cuando no la atraviesa ninguna carretera) y que en casa no habia espacio para guardar una bici (en cambio mis amigas si tenian sitio...). Con respecto a lo del caballete, de pequeña mi gran pasión era el dibujo. En un episodio de Barrio Sésamo a Espinete le regalan un caballete. Yo me quedé encandilada con él.
- Pídeselo a los Reyes - me sugirió mi padre
Pero aquella carta no llegó a sus Majestades de Oriente, junto con aquellas donde pedía la bici y la Barbie Cristal (me trajeron la Corazón, menudo chasco me lleve).
Pero hay otros traumas más serios, más dolorosos. Aparte del de no haber tenido una hermana (ese me pesó mucho en mis primeros años, con el paso del tiempo lo superé gracias a mis amigas) se suma el de comprobar que tus padres no se quieren nada. Porque es así, o al menos esa es la percepción que yo tengo. Imagino que es una realidad que siempre ha estado presente ante mis ojos pero yo no la empecé a ver hasta los dieciseis años. Mis padres malamente se soportan, discuten toooodos los días y yo no sé como no se han divorciado hace por lo menos veinte años. Tengo la certeza absoluta que si en vez de en el 69 mis padres se hubieran casado en el 89, y si me apuras en el 79 (y en vez de 65 tuvieran ahora 55 años) se habrían divorciado fijo.
De hecho no se muy bien como se casaron pues son completamente opuestos, que no complementarios. Por ejemplo a mi padre le encanta salir de vacaciones y mi madre a duras penas sale de casa para ir a la playa. Es verdad que la fibromialgia la ha limitado mucho (cuando te duele todo no te apetece hacer nada) pero eso unido a su carácter pesimista es una bomba de relojeria. A lo que hay que añadir la escasa sensibilidad de mi padre hacia ciertos temas así como su absoluta dejadez y descuido en lo que a temas domésticos se refiere (como dejar la ropa tirada por todos lados, ensuciar a más no poder, etc. etc) que hace a mi madre trabajar el doble.
Pero no diré que mi madre sea una victima al cien por cien. A veces también resulta inaguantable. Lo quiere controlar absolutamente todo y eso la irrita porque ve que no es posible. Le encantaría que mi padre fuese un perrito faldero que estuviese alrededor de ella todo el día (y nada más lejos de la realidad pues literalmente mi padre va a lo suyo). Tiene celos de mi abuela y de mi tía porque mi padre las dedica a ellas más atenciones (esto es cierto). Y sobre todo mi madre odia a su suegra, mi abuela. No, no digo que le caiga mal, o que no la soporte. No. LA ODIA. Con todas sus fuerzas y es incapaz de disimilarlo. Y bien es cierto que mi abuela Maria Luisa a veces es insufrible y dan ganas de pegarle un chocazo y quedarse tan a gusto. Pero no es menos verdad que mi madre sólo es feliz cuando te viene con los cuentos de la abuela "que si ha hecho esto", "que si ha dicho lo otro". Y si es cierto que Mary Lou (como yo llamo a mi abuela en broma) es desconfiada y a veces sale por peteneras sin venir a cuento, pero es una anciana de 89 años, que está casi ciega, que apenas oye, que casi no puede andar y que la única distracción que tiene es darle vueltas a la cabeza, porque ni puede ver la tele, casi ni escuchar la radio, ni coser, ni caminar, ni nada de nada. Y mi madre no es capaz de comprender eso, que hay ciertas cosas que no las hace a posta, sino que son producto de sus limitaciones sensoriales.
Esos traumas familiares me han marcado de alguna manera. Pero eso lo contaré otro día, en una segunda parte. Por hoy creo que es suficiente. Mi corazón con estas movidas se vuelve pesado como una losa
- Pídeselo a los Reyes - me sugirió mi padre
Pero aquella carta no llegó a sus Majestades de Oriente, junto con aquellas donde pedía la bici y la Barbie Cristal (me trajeron la Corazón, menudo chasco me lleve).
Pero hay otros traumas más serios, más dolorosos. Aparte del de no haber tenido una hermana (ese me pesó mucho en mis primeros años, con el paso del tiempo lo superé gracias a mis amigas) se suma el de comprobar que tus padres no se quieren nada. Porque es así, o al menos esa es la percepción que yo tengo. Imagino que es una realidad que siempre ha estado presente ante mis ojos pero yo no la empecé a ver hasta los dieciseis años. Mis padres malamente se soportan, discuten toooodos los días y yo no sé como no se han divorciado hace por lo menos veinte años. Tengo la certeza absoluta que si en vez de en el 69 mis padres se hubieran casado en el 89, y si me apuras en el 79 (y en vez de 65 tuvieran ahora 55 años) se habrían divorciado fijo.
De hecho no se muy bien como se casaron pues son completamente opuestos, que no complementarios. Por ejemplo a mi padre le encanta salir de vacaciones y mi madre a duras penas sale de casa para ir a la playa. Es verdad que la fibromialgia la ha limitado mucho (cuando te duele todo no te apetece hacer nada) pero eso unido a su carácter pesimista es una bomba de relojeria. A lo que hay que añadir la escasa sensibilidad de mi padre hacia ciertos temas así como su absoluta dejadez y descuido en lo que a temas domésticos se refiere (como dejar la ropa tirada por todos lados, ensuciar a más no poder, etc. etc) que hace a mi madre trabajar el doble.
Pero no diré que mi madre sea una victima al cien por cien. A veces también resulta inaguantable. Lo quiere controlar absolutamente todo y eso la irrita porque ve que no es posible. Le encantaría que mi padre fuese un perrito faldero que estuviese alrededor de ella todo el día (y nada más lejos de la realidad pues literalmente mi padre va a lo suyo). Tiene celos de mi abuela y de mi tía porque mi padre las dedica a ellas más atenciones (esto es cierto). Y sobre todo mi madre odia a su suegra, mi abuela. No, no digo que le caiga mal, o que no la soporte. No. LA ODIA. Con todas sus fuerzas y es incapaz de disimilarlo. Y bien es cierto que mi abuela Maria Luisa a veces es insufrible y dan ganas de pegarle un chocazo y quedarse tan a gusto. Pero no es menos verdad que mi madre sólo es feliz cuando te viene con los cuentos de la abuela "que si ha hecho esto", "que si ha dicho lo otro". Y si es cierto que Mary Lou (como yo llamo a mi abuela en broma) es desconfiada y a veces sale por peteneras sin venir a cuento, pero es una anciana de 89 años, que está casi ciega, que apenas oye, que casi no puede andar y que la única distracción que tiene es darle vueltas a la cabeza, porque ni puede ver la tele, casi ni escuchar la radio, ni coser, ni caminar, ni nada de nada. Y mi madre no es capaz de comprender eso, que hay ciertas cosas que no las hace a posta, sino que son producto de sus limitaciones sensoriales.
Esos traumas familiares me han marcado de alguna manera. Pero eso lo contaré otro día, en una segunda parte. Por hoy creo que es suficiente. Mi corazón con estas movidas se vuelve pesado como una losa
jueves, 28 de agosto de 2008
Que viva mi Atleti
¡¡¡Si!!! Once años después el Atlético de Madrid vuelve a la Copa de Europa (como se decía en mi infancia). Escuché la primera parte por Onda Cero (¿Dónde está Javier Ares?) y según mi hermano Jose Andrés la segunda parte fue memorable e irrepetible durante los próximos años.
Aún recuerdo el día que me hice del Atleti. Todavía no iba a parvulos, por lo que tenía cuatro o cinco años. En el comedor teníamos una pipa de bronce, regalo de mi tio Ismael (qepd). Y dentro de la misma un broche (ahora conocido como pin) del Atleti. Yo entonces no sabia que era, pero me gustaba mucho por sus franjas rojblancas. Ni corta ni perezosa me lo enganché a mi vestido de lana azul (uno que me hizo mi madre y me encantaba). Entonces no entendía mucho de moda (más o menos como ahora) y no era consciente de la mala combinación entre el pin del Atleti y un vestido con lazo al cuello. De tal guisa anduve varios dias. Hasya que por fin en una gloriosa jornada le pregunté a mi hermano Jose a quien pertencía ese escudo.
- Es del Atlético de Madrid, mi equipo de fútbol.
Y en ese momento automáticamente me hice del Atleti, de mi Atleti. Años después me regalaron un pin del Atletico Aviación que llevaba en mi cazadora en la época del instituto método bastante bueno para entablar conversación con chicos, que me preguntaban sobre mis aficiones balompédicas).
Para bien o para mal ser del Atleti mola. Sufres mucho, pero las alegrias cuando consigues un pequeño triunfo son dobles. Y además cuando pierde la selección (este año ha sido una excepción) no te llevas disgustos, como los madridistas de turno, acostumbrados a ganar siemrpe. Como decía Gil ser del Atleti es un estilo de vida, no se si de pupas o perdedor, pero si de manera de enfrentarte a la cruda realidad, en la que muchas veces te dan con la puerta en las narices. Ser del Madrid es el recurso fácil: lo de subirse al carro del vencedor es muy propio de los españoles.
Recuerdo momentos gloriosos de mi equipo. Aquel 0-4 en el Bernabeu con Futre como protagonista. Aquel sabado de la remontada del 4 a 3 contra el BCN que Telemadrid suele recordar en los derbys. Las dos copas del Rey consecutivas. Êl record de imbatibilidad de Abel. Por supuesto el año del doblete (¡¡año en el que el Madrid no se clasificó para competiciones europeas, eso si que fue felicidad!!) y otras tardes más. Quizás los momentos tristes han sido más numerosos (el descenso a segunda, of course y la eliminación contra el Steaua de Bucarest, si mal no recuerdo, cuando era niña y que me sentó tan mal). Pero siempre he permanecido fiel a mis colores.
En Europa este año no sé que tal lo haremos. Probablemente el Liverpool nos funda los plomos. pero no importa. El día que ganemos lo haremos a lo grande (o de manera injusta en el último momento, sufriendo como siempre) y la alegría será inmensa. Si, el fútbol es otra de mis frivolidades preferidas.
Pero sobre todo, pase lo que pase esta temporada, siempre nos dirán:
"Y tu, ¿por qué eres del Atleti?"
Aún recuerdo el día que me hice del Atleti. Todavía no iba a parvulos, por lo que tenía cuatro o cinco años. En el comedor teníamos una pipa de bronce, regalo de mi tio Ismael (qepd). Y dentro de la misma un broche (ahora conocido como pin) del Atleti. Yo entonces no sabia que era, pero me gustaba mucho por sus franjas rojblancas. Ni corta ni perezosa me lo enganché a mi vestido de lana azul (uno que me hizo mi madre y me encantaba). Entonces no entendía mucho de moda (más o menos como ahora) y no era consciente de la mala combinación entre el pin del Atleti y un vestido con lazo al cuello. De tal guisa anduve varios dias. Hasya que por fin en una gloriosa jornada le pregunté a mi hermano Jose a quien pertencía ese escudo.
- Es del Atlético de Madrid, mi equipo de fútbol.
Y en ese momento automáticamente me hice del Atleti, de mi Atleti. Años después me regalaron un pin del Atletico Aviación que llevaba en mi cazadora en la época del instituto método bastante bueno para entablar conversación con chicos, que me preguntaban sobre mis aficiones balompédicas).
Para bien o para mal ser del Atleti mola. Sufres mucho, pero las alegrias cuando consigues un pequeño triunfo son dobles. Y además cuando pierde la selección (este año ha sido una excepción) no te llevas disgustos, como los madridistas de turno, acostumbrados a ganar siemrpe. Como decía Gil ser del Atleti es un estilo de vida, no se si de pupas o perdedor, pero si de manera de enfrentarte a la cruda realidad, en la que muchas veces te dan con la puerta en las narices. Ser del Madrid es el recurso fácil: lo de subirse al carro del vencedor es muy propio de los españoles.
Recuerdo momentos gloriosos de mi equipo. Aquel 0-4 en el Bernabeu con Futre como protagonista. Aquel sabado de la remontada del 4 a 3 contra el BCN que Telemadrid suele recordar en los derbys. Las dos copas del Rey consecutivas. Êl record de imbatibilidad de Abel. Por supuesto el año del doblete (¡¡año en el que el Madrid no se clasificó para competiciones europeas, eso si que fue felicidad!!) y otras tardes más. Quizás los momentos tristes han sido más numerosos (el descenso a segunda, of course y la eliminación contra el Steaua de Bucarest, si mal no recuerdo, cuando era niña y que me sentó tan mal). Pero siempre he permanecido fiel a mis colores.
En Europa este año no sé que tal lo haremos. Probablemente el Liverpool nos funda los plomos. pero no importa. El día que ganemos lo haremos a lo grande (o de manera injusta en el último momento, sufriendo como siempre) y la alegría será inmensa. Si, el fútbol es otra de mis frivolidades preferidas.
Pero sobre todo, pase lo que pase esta temporada, siempre nos dirán:
"Y tu, ¿por qué eres del Atleti?"
martes, 26 de agosto de 2008
Dieciseis días en Pekín
Los Juegos OLimpicos han terminado. Son mi evento frivolo favorito junto con los Oscar de Hollywood. Mi generación, marcada en su día por la designación de Barcelona como sede olímpica y los grandes fastos del 92, es bastante aficionada a este espectáculo-negocio deportivo.
No recuerdo las olimpiadas de Los Angeles, pero si guardo un recuerdo muy vivido de las de Calgary y Seul en el 88, que seguí por televisión cuando solo habia dos cadenas. Es más, por motivos sentimentales-melancólicos realicé en la facultad un trabajo sobre la cobertura informativa de los JJOO de Calgary (nunca unos juegos de invierno fueron tan retransmitidos debido a la elección de BCN. Las demás ediciones, salvo Albertville 92, apenas aparecen en la tele pública).
Evidentemente y como buena española seguí con entusiasmo la 25 Olimpiada (usease, la de Barcelona) y me emocioné mucho con los triunfos de mis paisanos. En estas de Pekín (no se porque ahora todo el mundo se empeña en decir Beijing) he flipado con la natación sincronizada (para mi son unas superdotadas), con la final de los 100 metros lisos, he visto hasta la final de halterofilia femenina (un deporte muy fácil de ver) y me ha dado tiempo a odiar a ese Phelps, que ha osado desafiar a Mark Spitz sólo porque Speedo le pagaba si superaba el record del americano de origen judio.
Aún guardo el libro de las Olimpiadas que tuve que estudiar para el concurso de Cajamadrid cuando estaba en el cole. Me gusta echarle un vistazo de vez en cuando, aunque ha quedado obsoleto (la última olimpiada que recoge es la de Seúl 88). Hace mucho hincapié en lo del espiritu olimpico que defendia Pierre de Coubertin, cosa que se ha perdido (si la Olimpiada moderna subsiste es porque es un auténtico negocio para paises y empresas privadas).
Durante algunos años yo medía mi vida por bisiestos y olimpiadas, pues coincidian con años en los que se producía algún cambio relevante en mi vida (pasar del cole al insti, del insti a la facul, de la facul al mundo laboral...). Ahora que soy una adulta gris con vida monótona las olimpiadas no marcan periodos de mi existencia, pero me encanta seguirlas, y daría mi brazo derecho por cambiarme unos días con el hermano de mi amiga Chus, fisioterapeuta de la selección española de triathlon que ha estado en Pekín (también en Atenas) y se ha cruzado en la villa olimpica con Gasol, Bekele, Almudena Cid y otras figuras internacionales del deporte. Pero como este sueño de vivir un día en la villa Olímpica creo que es imposible de cumplir, me seguiré conformando con seguir las pruebas desde mi sillón, tomando una cervecita bien fresca. Eso si que es deporte
No recuerdo las olimpiadas de Los Angeles, pero si guardo un recuerdo muy vivido de las de Calgary y Seul en el 88, que seguí por televisión cuando solo habia dos cadenas. Es más, por motivos sentimentales-melancólicos realicé en la facultad un trabajo sobre la cobertura informativa de los JJOO de Calgary (nunca unos juegos de invierno fueron tan retransmitidos debido a la elección de BCN. Las demás ediciones, salvo Albertville 92, apenas aparecen en la tele pública).
Evidentemente y como buena española seguí con entusiasmo la 25 Olimpiada (usease, la de Barcelona) y me emocioné mucho con los triunfos de mis paisanos. En estas de Pekín (no se porque ahora todo el mundo se empeña en decir Beijing) he flipado con la natación sincronizada (para mi son unas superdotadas), con la final de los 100 metros lisos, he visto hasta la final de halterofilia femenina (un deporte muy fácil de ver) y me ha dado tiempo a odiar a ese Phelps, que ha osado desafiar a Mark Spitz sólo porque Speedo le pagaba si superaba el record del americano de origen judio.
Aún guardo el libro de las Olimpiadas que tuve que estudiar para el concurso de Cajamadrid cuando estaba en el cole. Me gusta echarle un vistazo de vez en cuando, aunque ha quedado obsoleto (la última olimpiada que recoge es la de Seúl 88). Hace mucho hincapié en lo del espiritu olimpico que defendia Pierre de Coubertin, cosa que se ha perdido (si la Olimpiada moderna subsiste es porque es un auténtico negocio para paises y empresas privadas).
Durante algunos años yo medía mi vida por bisiestos y olimpiadas, pues coincidian con años en los que se producía algún cambio relevante en mi vida (pasar del cole al insti, del insti a la facul, de la facul al mundo laboral...). Ahora que soy una adulta gris con vida monótona las olimpiadas no marcan periodos de mi existencia, pero me encanta seguirlas, y daría mi brazo derecho por cambiarme unos días con el hermano de mi amiga Chus, fisioterapeuta de la selección española de triathlon que ha estado en Pekín (también en Atenas) y se ha cruzado en la villa olimpica con Gasol, Bekele, Almudena Cid y otras figuras internacionales del deporte. Pero como este sueño de vivir un día en la villa Olímpica creo que es imposible de cumplir, me seguiré conformando con seguir las pruebas desde mi sillón, tomando una cervecita bien fresca. Eso si que es deporte
viernes, 22 de agosto de 2008
Miedo a volar
Miedo a volar
He concebido este blog como algo festivo, alegre… pero no puedo obviar la horrible tragedia de Barajas. Familias enteras han desaparecido. Y no se que es peor: que toda una familia haya muerto o que uno de sus miembros sobreviva y se quede solo en el mundo. Es algo realmente aterrador…
Este accidente me confirma en mi miedo a los aviones. Si, ya sé que es el medio más seguro del mundo (leí que las posibilidades de fallecer en accidente de tráfico son una entre cinco mil mientras que las de morir en accidente aéreo se sitúan en una entre once millones). Aunque creo que se trata de algo innato en mi, puedo poner fecha al comienzo de mi pánico a volar. Fue en el año 1985 cuando un avión con destino Bilbao se estrelló contra una antena de televisión. La noticia me impresionó bastante. El caso es que una tarde subí a casa de mi amiga Soraya. Estábamos solas y sobre la mesa camilla del salón la revista Pronto, cuya noticia de portada era la del siniestro aéreo (desde entonces le cogí bastante repulsión a esta publicación). Como siempre me ha gustado hojear las revistas, y a pesar de que sabía lo que me iba a encontrar, no pude evitar abrir el Pronto. Entonces ví varias fotografías con restos de fuselaje, ropas destrozadas y juraría que algún que otro miembro humano (bueno, esto último no se si es un recuerdo imaginario o real, ya sabéis que este cerebro perverso nos juega malas pasadas… aunque, ¡voto a Dios, capitán Alatriste! Juraría que aquello que vi fue real).
Pero a pesar de este temor fundado/infundado a volar, siempre sentía curiosidad por montar en avión. Y por fin lo logré a mis 27 años, cuando fui a Las Palmas de Gran Canarias en Spanair, vuelo JK 5055, en un MD-80 (ahora es cuando pienso que esta tragedia le podía haber tocado a cualquiera, osea a mi).
He logrado sobrevivir a mis dos viajes en avión (Las Palmas de GC y Roma) a pesar de mi hipocondría natural gracias a:
a)El Sumial. Un medicamento maravilloso que solo se vende con receta médica.
b)Que ambos viajes duraron menos de dos horas y media.
La primera vez que me monté el avión tenía DVD. El comandante fue enrollado y antes de ponernos la peli de rigor nos mostró en la pantalla el mapa con nuestra ruta de navegación con los siguientes datos:
Altura: 9000 metros
Temperatura exterior: -50º C
Velocidad: 840 km/h
Entonces mi cerebro hipocondriaco empezó a maquinar:
“Si hay una grieta en el fuselaje… ¿de qué moriría primero? ¿congelada por la baja temperatura? ¿Asfixiada por la falta de oxigeno? ¿O directamente estallaría mi corazón por la presión? Joder, quiero llegar ya, quiero llegar ya, quiero llegar ya”.
Pero gracias al Sumial (alabado sea Dios) mis pensamientos no degeneraron en una crisis de ansiedad, sino en unas enormes ganas por aterrizar.
Aunque peor fue el despegue en Madrid con destino a Roma. A Dios pongo por testigo que nada más despegar sentí como si el avión se quedara suspendido en el aire por escasos segundos. Cogí asustada la mano de mi amiga Laura y muerta de terror (aunque el Sumial, una vez más, aminoró sus efectos) le dije: “Se ha quedado suspendido el avión en el aire”. Obviamente, mi amiga se rió de mi y me tildó de chiflada.
Pero mi masoquismo es supremo en lo que a viajes en avión se refiere. Mucho miedo, mucho pánico pero siempre me pido ventanilla y me encanta mirar y ver las carreteras diminutas y el contorno de las tierras. Y comienzan mis reflexiones absurdas (todo un clásico en mi):
“Oh, parece que estoy viendo un mapa” o bien “¿Cómo podrían los antiguos trazar los mapas con tanta precisión sin tener satélites?” (esta última pregunta tiene una respuesta: las matemáticas, pero como buena chica de letras jamás he entendido muy bien la vinculación entre trazar mapas y los numeros).
Desde que fui a Roma hace ya tres años no he vuelto a montar en avión. Por un lado me gustaría repetir porque me mola ver la tierra desde las alturas. Por otro lado me da pánico pensar que si hay un problema técnico grave las posibilidades de morir son del 95%. En fin. No es muy intención frivolizar sobre esta terrible tragedia (por favor, no lo entendais así, no es esa mi idea). Montar en avión es algo maravilloso pero a la vez algo arriesgado, peligroso. Como la propia vida
He concebido este blog como algo festivo, alegre… pero no puedo obviar la horrible tragedia de Barajas. Familias enteras han desaparecido. Y no se que es peor: que toda una familia haya muerto o que uno de sus miembros sobreviva y se quede solo en el mundo. Es algo realmente aterrador…
Este accidente me confirma en mi miedo a los aviones. Si, ya sé que es el medio más seguro del mundo (leí que las posibilidades de fallecer en accidente de tráfico son una entre cinco mil mientras que las de morir en accidente aéreo se sitúan en una entre once millones). Aunque creo que se trata de algo innato en mi, puedo poner fecha al comienzo de mi pánico a volar. Fue en el año 1985 cuando un avión con destino Bilbao se estrelló contra una antena de televisión. La noticia me impresionó bastante. El caso es que una tarde subí a casa de mi amiga Soraya. Estábamos solas y sobre la mesa camilla del salón la revista Pronto, cuya noticia de portada era la del siniestro aéreo (desde entonces le cogí bastante repulsión a esta publicación). Como siempre me ha gustado hojear las revistas, y a pesar de que sabía lo que me iba a encontrar, no pude evitar abrir el Pronto. Entonces ví varias fotografías con restos de fuselaje, ropas destrozadas y juraría que algún que otro miembro humano (bueno, esto último no se si es un recuerdo imaginario o real, ya sabéis que este cerebro perverso nos juega malas pasadas… aunque, ¡voto a Dios, capitán Alatriste! Juraría que aquello que vi fue real).
Pero a pesar de este temor fundado/infundado a volar, siempre sentía curiosidad por montar en avión. Y por fin lo logré a mis 27 años, cuando fui a Las Palmas de Gran Canarias en Spanair, vuelo JK 5055, en un MD-80 (ahora es cuando pienso que esta tragedia le podía haber tocado a cualquiera, osea a mi).
He logrado sobrevivir a mis dos viajes en avión (Las Palmas de GC y Roma) a pesar de mi hipocondría natural gracias a:
a)El Sumial. Un medicamento maravilloso que solo se vende con receta médica.
b)Que ambos viajes duraron menos de dos horas y media.
La primera vez que me monté el avión tenía DVD. El comandante fue enrollado y antes de ponernos la peli de rigor nos mostró en la pantalla el mapa con nuestra ruta de navegación con los siguientes datos:
Altura: 9000 metros
Temperatura exterior: -50º C
Velocidad: 840 km/h
Entonces mi cerebro hipocondriaco empezó a maquinar:
“Si hay una grieta en el fuselaje… ¿de qué moriría primero? ¿congelada por la baja temperatura? ¿Asfixiada por la falta de oxigeno? ¿O directamente estallaría mi corazón por la presión? Joder, quiero llegar ya, quiero llegar ya, quiero llegar ya”.
Pero gracias al Sumial (alabado sea Dios) mis pensamientos no degeneraron en una crisis de ansiedad, sino en unas enormes ganas por aterrizar.
Aunque peor fue el despegue en Madrid con destino a Roma. A Dios pongo por testigo que nada más despegar sentí como si el avión se quedara suspendido en el aire por escasos segundos. Cogí asustada la mano de mi amiga Laura y muerta de terror (aunque el Sumial, una vez más, aminoró sus efectos) le dije: “Se ha quedado suspendido el avión en el aire”. Obviamente, mi amiga se rió de mi y me tildó de chiflada.
Pero mi masoquismo es supremo en lo que a viajes en avión se refiere. Mucho miedo, mucho pánico pero siempre me pido ventanilla y me encanta mirar y ver las carreteras diminutas y el contorno de las tierras. Y comienzan mis reflexiones absurdas (todo un clásico en mi):
“Oh, parece que estoy viendo un mapa” o bien “¿Cómo podrían los antiguos trazar los mapas con tanta precisión sin tener satélites?” (esta última pregunta tiene una respuesta: las matemáticas, pero como buena chica de letras jamás he entendido muy bien la vinculación entre trazar mapas y los numeros).
Desde que fui a Roma hace ya tres años no he vuelto a montar en avión. Por un lado me gustaría repetir porque me mola ver la tierra desde las alturas. Por otro lado me da pánico pensar que si hay un problema técnico grave las posibilidades de morir son del 95%. En fin. No es muy intención frivolizar sobre esta terrible tragedia (por favor, no lo entendais así, no es esa mi idea). Montar en avión es algo maravilloso pero a la vez algo arriesgado, peligroso. Como la propia vida
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